Solo quien hace las compras en el supermercado sufre, además del golpe al bolsillo, la tortuosa y ardua tarea que implica empujar el carrito, el “chango” por estas tierras. Caprichoso, chueco y rebelde, el carrito nunca es tu amigo, sino más bien una pesada carga que termina destrozando tu humanidad a medida que su bocota glotona llena todo su continente. Por veces hostil, a menos que nadie te lo clave en los tobillos, el chango se resiste al exilio; rotos, desvencijados y trasteados conviven con los nuevos y relucientes, preferidos de gordas y flacas que ven en ellos un fiel servidor para derivar entre las góndolas.
Personalmente no me llevo bien con los carritos de los supermercados, no. Al momento de la selección evito los que exhiben restos de dudoso origen vegetal o pegajosos derrames lácteos, dejando a un lado los oxidados de vetustos y vacilantes rodamientos. Esos armatostes tenebrosos comienzan a girar locamente a media carga, negándose al mando o bloqueando la marcha y, cuándo no, precipitándose sin freno en la escalera mecánica porque su anclaje ya no responde. El chango es, definitivamente, el peor enemigo de mis rótulas.
Mi criterio organicista y enfermizo supone que el carrito tiene un único modo de carga: las cosas más pesadas van en el buche de proa y las menos apuntadas en popa, dejando un espacio para los congelados al cierre y otro para las ensaladas y verduras en la cima. El criterio de Leah, más divertido e inconsulto, es absolutamente distinto. Y claro, la cosa se pone difícil cuando ella arranca con productos incompatibles, ya que un pollo al spiedo, no va a andar bien con las espinacas congeladas y éstas menos aún con los jabones humectantes que impregan su aroma hasta en la bolsa de piedras sanitarias para Maggie. Ultimamente separamos las compras, vamos juntos al super por las cosas livianas y utilizamos los servicios de otro –on line y personal- porque ya no estamos para estos trotes. Esto es así desde el momento en que comencé a mirar con cariño el carrito de compras que utilizan las personas discapacitadas.
Hoy leí un artículo que firma Valerie Elliott, Editor Consumer del Times, en el que se anuncia que el mamotreto de marras va camino de convertirse en una nueva arma para combatir la obesidad de los ingleses. El changuito “inteligente”, contrariamente a lo que supuse al ver el título, no es que te suma el importe de la compra y te lo debite de la tarjeta de crédito, sino que te alerta al introducir en él productos ricos en grasa, azúcar o sal. Y hace todo eso gracias a un dispositivo que, mediante la lectura del respectivo código de barras, activará un aviso en la pantalla montada en el carro, lo cual equivale a un “alerta temprana” si vas a zamparte media libra de Hershey’s o el Cadbury ése que viene con pasas.
Con el chango inteligente se reduciría notablemente la demanda de todo lo que nos hace un poco más feliz esta terrenal existencia, siempre y cuando aceptemos el aviso, claro. Pero como es predictivo también brindará otros servicios, tales como informarte sobre la composición de cada producto, su origen, etc., y también personalizará las tendencias del cliente, proponiéndole otros productos y asesorándole en sus compras mediante ilustraciones y amigables íconos en la pantalla del dispositivo.
Mis sospechas están confirmadas: los carros de supermercado no solo son hostiles, en el futuro también se adueñarían de nuestras inclinaciones gastronómicas y nuestras preferencias en higiene personal y doméstica. Los mentores de este proyecto, vigente en algunas tiendas de Estados Unidos, están excitados con la idea, ya que un amplio sector de la juventud inglesa quiere más y mejor información acerca de lo que consume.
Si bien soy bastante convencional, desde que dejé de usar pañales siempre me negué a todo lo que intentaron darme para mi bien, prefiriendo probar las cosas que me gustaran y detestando las zanahorias, los rábanos, la remolacha, el queso crema, la leche fortificada, la merluza, el hígado, el subterráneo y los embotellamientos en el tránsito; así nomás, de puro cabrón y me quedo corto en la lista. En mis años de matrimonio no creo que nos hayamos alejado demasiado del perfil saludable que lucíamos previamente, o hay que ser tan zonzo para ignorar lo que uno está comprando?...
Pero si es lo que digo, la gente joven –salvo honrosas excepciones- parece orientarse a ese futuro que, entre bizarro, retorcido y oprimente, nos mostraba la sociedad policial en 1984 de George Orwell, porque no hay nada mejor para eso que formar una generación de idiotas a la cual “sugerirle” y “mostrarle” lo que es mejor para el bien de la humanidad. O no, porque la tendencia para formar autómatas dependientes bien puede proceder con la ingenuidad de un “carrito inteligente”.
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